LA
ALFOMBRA Como me había
portado mal, y después de tanto tiempo sin acudir a verla, mi Ama decidió
castigarme. El escarmiento que urdió sería ejemplar, así
que decidió que durante toda una tarde serviría como alfombra
en su establo. Todas las personas que pasaran por el establo de mi Ama, Dómina
Zara debían pisarme, y limpiar sus zapatos y sus pies desnudos encima de
mi piel. Por suerte, aquel día mi Dueña sólo recibió
dos visitas: una chica joven, que con mucha timidez se sacó sus zapatillas
deportivas y deslizó sus plantas encima de mi barriga, y una mujer ya madura,
que mientras me miraba con malicia, hundió sus finos tacones de aguja entre
mi sexo y mi pecho. Dejó caer un enorme salivazo en mi rostro y, golpeando
mi pene con su bolso, siguió hacia adelante para saludar a mi Ama.
LA APRENDIZA
No tengo ninguna duda de que mi Ama, Dómina Zara es la número uno
en toda Barcelona. Su estilo, su clase y su figura son inimitables. Nadie la puede
copiar, pero sí muchas querrían aprender de ella, e intentar llegar
algún día a parecerse a mi Dueña. Aquel día, en
el establo apareció una chica muy joven. Aparentaba unos 18 ó 19
años, figura esbelta, largas piernas y pechos firmes, y una mirada entre
dura y viciosa. Yo estaba, como siempre, desnudo y arrodillado a los pies de mi
Ama. Ella parecía muy dispuesta. -Voy a darle la primera
lección a esta muchachita, que vestida con ropa ajustadísima quiere
ser una futura Ama. -Lo primero que debes aprender es a distanciarte,
a despreciar a los esclavos, a considerarlos como un objeto, y sobre todo, a disfrutar
con su dolor. Tras esa introducción, mi Ama me ató a
la cruz y, dirigiéndose a la joven, le dijo: -Vamos, es todo
tuyo: muéstrame que te gusta hacer sufrir. La muchacha
se acercó a mí y, mirándome a los ojos, comenzó a
pellizcarme las tetillas. Me retorció el pene. Con una fusta, me golpeó
con saña por todo el cuerpo. Al fin, y ya un tanto cansada, acercó
su rostro al mío y, sujetando mí cara con su mano derecha, escupió
con vehemencia en mi boca. Dómina Zara aplaudió. -¡Bravo!
Has aprobado la primera lección. Ayúdame a desatar a este esclavo,
que usaremos ahora como alfombra. EL
CENICERO Como cada día, acudí
a su llamada. Siguiendo sus órdenes me postré ante mí Ama,
Dómina Zara. Le besé las manos y los pies, y con la mayor humildad
del mundo esperé sus deseos. Me ordenó desnudarme, lenta y suavemente.
Me miró con desprecio y me ordenó: -Esclavo, tu Ama quiere
fumar. Deslizándome y contorneándome ante ella, como
me ordenó desde la primera vez que me puse a sus órdenes, cogí
un cigarrillo y el mechero y, sumiso, lo puse a su alcance. Mi Ama cogió
el cigarrillo y, con sólo una mirada, me indicó que podía
darle fuego. El Ama se lo llevó a sus maravillosos labios y yo, todo
tembloroso, se lo encendí. Echándome el humo en el rostro, me
ordenó acercarme y, de rodillas ante ella, extender la palma de mi mano.
Ese iba a ser su cenicero. Sin apenas mirarme, dejaba caer la ceniza en la
palma de mi mano. De su boca salían volutas de humo en forma circular.
Con los tacones torturaba mis testículos. Apagó el cigarrillo en
mi mano. Era su cenicero, en forma de figura humana. |