Fiesta de cumpleaños
Un sumiso cuenta una tarde de castigo
E iremos ampliando esta sección...
Por suerte, aquel día mi Dueña sólo recibió dos visitas: una chica joven, que con mucha timidez se sacó sus zapatillas deportivas y deslizó sus plantas encima de mi barriga, y una mujer ya madura, que mientras me miraba con malicia, hundió sus finos tacones de aguja entre mi sexo y mi pecho. Dejó caer un enorme salivazo en mi rostro y, golpeando mi pene con su bolso, siguió hacia adelante para saludar a mi Ama, Dómina Zara.
Aquel día, en el establo apareció una chica muy joven. Aparentaba
unos 18 ó 19 años, figura esbelta, largas piernas y pechos firmes,
y una mirada entre dura y viciosa. Yo estaba, como siempre, desnudo y arrodillado
a los pies de mi Ama. Ella parecía muy dispuesta.
-Voy a darle la primera lección a esta muchachita, que
vestida con ropa ajustadísima quiere ser una futura Ama.
-Lo primero que debes aprender es a distanciarte, a despreciar a los
esclavos, a considerarlos como un objeto, y sobre todo, a disfrutar con su
dolor.
Tras esa introducción, mi Ama me ató a la cruz y, dirigiéndose
a la joven, le dijo:
-Vamos, es todo tuyo: muéstrame que te gusta hacer sufrir.
La muchacha se acercó a mí y, mirándome a los ojos, comenzó a pellizcarme las tetillas. Me retorció el pene. Con una fusta, me golpeó con saña por todo el cuerpo. Al fin, y ya un tanto cansada, acercó su rostro al mío y, sujetando mí cara con su mano derecha, escupió con vehemencia en mi boca.
Ama, Dómina Zara aplaudió.
-¡Bravo! Has aprobado la primera lección. Ayúdame
a desatar a este esclavo, que usaremos ahora como alfombra.
Como cada día, acudí a su llamada. Siguiendo sus órdenes
me postré ante mí Ama, Dómina Zara. Le besé las
manos y los pies, y con la mayor humildad del mundo esperé sus deseos.
Me ordenó desnudarme, lenta y suavemente. Me miró con desprecio
y me ordenó:
-Esclavo, tu Ama quiere fumar.
Deslizándome y contorneándome ante ella, como me ordenó desde la primera vez que me puse a sus órdenes, cogí un cigarrillo y el mechero y, sumiso, lo puse a su alcance. Mi Ama cogió el cigarrillo y, con sólo una mirada, me indicó que podía darle fuego. El Ama se lo llevó a sus maravillosos labios y yo, todo tembloroso, se lo encendí.
Echándome el humo en el rostro, me ordenó acercarme y, de rodillas
ante ella, extender la palma de mi mano. Ese iba a ser su cenicero. Sin apenas
mirarme, dejaba caer la ceniza en
la palma de mi mano. De su boca salían volutas de humo en forma circular.
Con los tacones torturaba mis testículos. Apagó el cigarrillo
en mi mano. Era su cenicero, en forma de figura humana.
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